Un compromiso indeleble entre el Estado y la sociedad civil

Autor:  Santiago López Medrano
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“Drogas, ¿para qué?” se preguntaban Fleco y Male al unísono, los dos personajes adolescentes que protagonizaban una recordada campaña de prevención de adicciones a mediados de los años noventa.

Más allá de la opinión sobre la campaña y algunas polémicas que generó en aquel momento, lo llamativo es que, después de dos décadas, siga siendo recordada, posiblemente porque no hubo después de esa ninguna otra con semejante impacto y difusión pública. Por el contrario, nuestra sociedad y aquellos que tuvieron y tienen responsabilidades en la materia, se entreveraron en una extraña y, seguramente, no casual, mezcla de falsos debates entre legalización versus prohibición, relativismo, banalización y, en algunos casos, exaltación del consumo de drogas.

Por supuesto, las personas continúan con sus vidas. Como pueden, como las dejan. Y mientras la inacción y la ausencia de políticas públicas en la materia eran moneda corriente, el consumo aumentaba y también la marginalidad de los consumidores, la falta de asistencia desde el Estado y el mirar para otro lado lograron que el narcotráfico, con todas sus consecuencias, dejara de ser una película que tenía lugar en otros países de la región como Colombia, México o Brasil, para convertirse en un actor principal con todas sus ramificaciones sociales, políticas, económicas, financieras y mediáticas.

“Drogas, ¿para qué?” Las respuestas que surgen pueden ser variadas. Sólo citaré algunas que escuche de boca de personas con problemas graves de adicción a drogas legales e ilegales, porque cabe aclarar que ya sean producidas en un laboratorio farmacéutico o en una elegante destilería, el abuso de las drogas legales también destruye vidas y familias.

Para aliviar el dolor; para evadirse de una realidad cruda; para ser aceptado; para soportar la violencia y el abuso; para vivir al día; para darse coraje y salir “de caño”; para llenar vacíos… La lista podría continuar. Eso sí, hay un denominador común en todos ellos: la falta de proyecto de vida. La idea de que no hay un futuro ni una proyección, de que no hay mañana.

Todo es ya. Doble clic. Las pantallas ponen el mundo ideal en cualquier lugar al instante, un delivery de la felicidad absoluta, pero cuando la queremos tomar se produce el choque violento contra el cristal. Ahí viene la frustración, la angustia. Entonces hay que mirar alrededor buscando modelos, contención, apoyo, guía. Y varias décadas de destrucción de la familia, aquella célula básica de la sociedad que nos enseñaban en el colegio, tienen su efecto directo: no hay tal cosa. Y los jóvenes pidiendo a gritos límites. Pero tampoco hay, al menos no a tiempo.

Entre tanta desolación y frente a ese panorama sombrío, la sociedad ha formado sus anticuerpos, sus defensas, sus antídotos. Y se fue organizando, complementando, armando redes.

Las primeras ONG se fueron constituyendo en protagonistas de las políticas públicas. Participando de su diseño, implementación y evaluación. Reclamando desde la acción concreta en el terreno. Volviéndose referentes y transmisores de comunidades que veían al Estado entre distante y ausente. Construyendo los tan necesarios puentes entre orillas cada vez más distantes y extrañas entre sí.

Y esa tarea se fue profesionalizando. Hoy los equipos de intervención social poseen gran cantidad de técnicos y profesionales que permiten no sólo abordar la problemática de las drogas con un enfoque interdisciplinario, sino también formar a cientos de personas y a otros equipos para poder trabajar en coordinación permanente.

Han sido las organizaciones de la sociedad civil las primeras en llevar adelante el tan mentado “trabajo en red” que se pregona desde hace décadas en todos los ámbitos, frente al agotamiento de las tradicionales estructuras piramidales. Esas redes, junto a la formación de formadores de manera continua y sostenida en el tiempo, han permitido consolidar el rol de las ONG como figuras centrales en el proceso de las políticas sociales.

Es por ello que la gestión asociada entre sociedad civil y Estado debe ser la herramienta indispensable para el abordaje de cuestiones tan sensibles y delicadas como las adicciones.

Un Estado fuerte y consciente de su papel como principal responsable de las políticas públicas.

Un tercer sector que corresponda esa labor con compromiso y profesionalismo, aportando las distintas miradas y posibilitando el permanente rediseño de programas y proyectos.

Finalmente, y a modo de conclusión, sólo podremos encarar con posibilidades de éxito el arduo desafío que tenemos como sociedad por delante en materia de lucha contra el drama de las drogas, si lo entendemos como parte de un todo mucho más amplio que implica una política social a largo plazo, con objetivos concretos y transparentes de cara a la sociedad. Ello será posible poniendo los problemas y su diagnóstico en el eje del debate público, y sellando la relación entre Estado y sociedad civil con un compromiso indeleble entre ambos en pos de una Argentina mejor.

Ojalá Fleco y Male pasen al olvido porque cada vez hayan más y mejores campañas de prevención, con alto impacto, acompañando un esquema de políticas sociales integrales que conformen una verdadera red de contención, asistencia y promoción de nuestras familias.